CIUDAD DE MÉXICO.- Bonifacio canta, porque dice, no le queda de otra más que tratar de hacer más ligera sus largas jornadas de trabajo.
Guatemalteco de 36 años, hace 16 cruzó la frontera con México, caminó 40 kilómetros y se asentó en un valle de basura, ubicado, paradójicamente, en la colonia Lindavista de Tapachula.
Bonifacio, migrante guatemalteco, explicó: Por la necesidad que tenemos, si no tuviéramos necesidad no podíamos estar sufriendo acá. Trabajamos lunes a sábado, día domingo descanso"
Y así como Bonifacio, por esa misma necesidad económica también han cruzado la frontera entre Guatemala y México, Francisco, Juan Carlos y decenas de hombres y mujeres más.
Y aunque la intención de Juan Carlos era llegar a los Estados Unidos, ya no pudo, pero tampoco quiso regresar a su tierra.
En el basurero, los migrantes ganan en promedio 30 pesos al día; más de lo que pudieran obtener en Guatemala, según lo aseguran.
Juan Carlos, migrante guatemalteco, dijo: "Pero allá en Guatemala, no hay trabajo pues, qué vas a agarrar, tú vas a necesitar para comprar unas cosas, tú vas a necesitar para comprar un refresco, ahí no hay trabajo".
Ubicado en los límites de Tapachula, Chiapas, este lugar recibe diariamente 300 toneladas de basura repartidas en 42 hectáreas de terreno.
La temperatura promedio de la región es de 36 grados.
Sumado a la humedad, el viento se vuelve viscoso y el ambiente trae impregnado un olor tan ácido que una sola inhalación irrita la garganta.
Su cielo es surcado por cientos de zopilotes que han hecho suya la zona, incluso, por encima de las personas y a quienes ya no les temen.
El año pasado, 47 mil centroamericanos ingresaron de forma irregular a México, pero aquí en el basurero de Lindavista 97 familias preferentemente guatemaltecas han regularizado ya su situación migratoria, quienes despiertan día con día en medio de un hedor tan profundo que atrae a cientos de zopilotes.
Ramón Verdugo, director del Albergue Todo por ellos, agregó: "Lo más duro es ver a un padre de familia, a una persona adulta extraer de la basura una bolsa de fruta putrefacta para ponerla una parte en manos de su familia".
El hermano Ramón Verdugo es un activista que ha acompañado a los migrantes los últimos años.
Él ha advertido en un sin número de ocasiones de la pobreza extrema en la que viven, pero sobre todo, del riesgo para su salud.
Ramón Verdugo, agregó: "Todas estas cosas además de contaminar el agua en el subsuelo, generan un foco de infección aún mayor que repercute en las personas asentadas aquí entorno al basurero"
Ubicado en el basurero, este pequeño salón es la Escuela Cristóbal Colón.
Todo su mobiliario fue rescatado de otros centros educativos donde ya se había convertido en basura.
En su puerta de tablas se leen los mandamientos a seguir por los alumnos: No empujar, No decir malas palabras, No robar.
Su pizarrón es un pedazo de bolsa de plástico estirado.
Una pequeña aula, en la que Carmen, prepara sus clases día con día.
Carmen Ramírez, maestra comunitaria de Conafe, comentó: "Mi capacitador en Conafe me dijo, no pues es un lugar no muy agradable y venir a un lugar así es algo drástico, esta zona es donde se distorsiona el aire contaminado, porque puedes estar en el aula y no huele, sales y ya es donde huele mal todo el aire".
Y así es como Carmen y sus compañeros capacitadores enseñan a los hijos, algunos ya mexicanos, de los migrantes guatemaltecos.
En Lindavista viven 97 menores de entre 3 y 13 años de edad, muchos nacidos en medio de la basura.
Ramón Verdugo, dijo: "Muchas veces con infecciones cutáneas, muchas veces con infecciones gastro intestinales y sin un proyecto de vida".
Familias de migrantes que viven en casas hechas con desecho de plástico y madera que colindan con toneladas de desperdicio putrefacto.
Pero a eso, están acostumbrados.
Francisco, uno de los fundadores de la comunidad hace 16 años, lo reconoce.
Francisco Velázquez, migrante guatemalteco, comentó: "La verdad es que está duro chambear por el sol, por calor, pestilencia que está ahí, está muy complicado, ya estamos acostumbrados, pues"
Así, la jornada de Bonifacio, Juan Carlos, Francisco y decenas de guatemaltecos más, termina como todos los días y luego de 16 horas.
Al atardecer los perros se apoderan del terreno que los zopilotes abandonaron, pero que los humanos se resisten a dejar.
Muchos de ellos no han juntado lo suficiente para ganar sus 30 pesos diarios de la venta de basura, por lo que continúan hasta que la luz natural se los permite.
En espera, únicamente, de que al otro día llegue más basura.
Porque es mejor, dicen, vivir en medio del desecho de otros, que regresar a su país.
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